Por Kike Rincón. Tras la erupción del volcán en la cordillera de Cumbre Vieja en la isla de La Palma me trasladé allí para cubrir todo lo relacionado con la inminente crisis social y ambiental. 

Había pactado con la coordinadora del archivo fotográfico de Europa Press que me comprarían todas los temas fotoperiodísticos que le enviase dada la potencial notoriedad de la noticia y sus efectos en los ciudadanos de La Palma. 

En la mochila, llevaba un equipo fotográfico básico pero versátil. Estaba compuesto por un cuerpo de cámara Canon 5d mark IV, una Canon 7d por si se rompía la principal, sus correspondientes baterías y cargadores, un objetivo Tamron 24-70mm 2.8, un Canon 70-200mm 2.8, un Sigma 35mm 1.4, un canon 300mm 2.8 FD, un monopié Manfrotto para estabilizar las fotografías nocturnas con el 300mm, un micro de cámara marca Rode por si grababa sonido ambiente para piezas en video, un portátil, varios discos duros y tarjetas de memoria para las cámaras.

Kike Rincón
© Kike Rincón/Europa Press

Los dos primeros días de cobertura, el acceso a zonas cercanas a la colada de lava estuvo permitido para la prensa acreditada. Por lo cual, pude documentar el avance de la lava y cómo iba engullendo las edificaciones que se encontraba a su paso. 

Durante la tarde del domingo 19 de septiembre, tras la erupción del volcán, las autoridades del PEVOLCA (Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias) ordenaron la evacuación de más de 5500 personas de los municipios de El Paso y Los Llanos de Aridane.

Por este motivo, durante mi primera jornada de trabajo, toda la zona donde se preveía que pudiera pasar la lava estaba desalojada. En ella, solo encontré a componentes de las FFCC de seguridad del Estado, bomberos, protección civil y compañeros de la prensa. 

Según las estimaciones que escuché en varias cadenas de radio la lava llegaría al mar esa misma tarde. Yo lo que vi, in situ, es que la lava avanzaba bastante despacio, por lo menos en las zonas en la que yo estuve, y que aún le quedaban varios kilómetros para llegar al mar. El resto de la jornada de trabajo la dedique a tomar fotografías de la erupción volcánica desde la montaña de La Laguna.

En la segunda jornada de trabajo, tras confirmar las autoridades que la velocidad de la lava se había ralentizado, anunciaron que dejarían pasar a los vecinos de Todoque a recoger pertenencias de sus casas amenazadas por la erupción.

Fueron momentos duros anímicamente. La urgencia de la proximidad de la lava. La necesidad de elegir qué llevarse de lo que había sido tu hogar. ¿Qúe es lo imprescindible? ¿Dónde podré guardar lo que me lleve? ¿Perderé lo que deje? ¿Podré volver? Vi como los servicios de emergencia ayudaban en las tareas de mudanza a los vecinos. Les habían dicho que solo tenían quince minutos para recoger su vida. 

La tercera jornada de trabajo fue muy diferente a las anteriores. Las autoridades del PEVOLCA crearon una zona de exclusión de dos kilómetros a la redonda de la erupción y a varios centenares de metros de las coladas de lava. En ella solo podían pasar los servicios de emergencias y seguridad además de los vecinos y agricultores que necesitaran regar o recoger la fruta. 

“Nada de prensa, además os avisamos que si intentáis colaros os multaremos a vosotros y no dejaremos pasar en el futuro a los agricultores o vecinos que os hayan ayudado”. Éstas fueron las palabras del capitán de la Guardia Civil responsable de la zona de exclusión. Aquel era el día para contar qué repercusiones económicas tendría para la isla la erupción volcánica. 

Una ministra del gobierno de España dijo en esos días que sería bueno para el turismo de la isla. Sin duda, pero es posible que no fuera el mejor momento para decirlo. ¿Qué pasaría con la producción frutícola? La colada de lava se dirigía hacia una zona con muchas plantaciones de plátanos. Esta fruta es, junto al turismo, la principal fuente de ingresos para los habitantes de la isla. 

Al no poder entrar en la zona de exclusión a documentar esta arista pacté con la agencia una serie de temas relacionados con la reubicación de los afectados en un albergue militar y en hoteles. 

En la cuarta jornada de trabajo en la Palma, me propuse ir con agricultores a las plantaciones de plátanos. Fui a uno de los puntos de acceso a la zona de exclusión. Pacté con un propietario de una plantación que iría al día siguiente con él y sus trabajadores a documentar el trabajo de la recogida del plátano. 

Tenía que gestionar todos los permisos necesarios para no poner en riesgo a los agricultores. Las gestiones telefónicas de los permisos no fueron bien. No habría acceso para la prensa a la zona de exclusión. ¿Qué hacer para documentar una parte importante de la realidad palmera? 

Esta y otras preguntas me rondaban por la cabeza cuando vi pasar cuatro camiones que utilizan los agricultores para cargar los plátanos. No entraban en la zona de exclusión. Les seguí. Tras varios centenares de metros a pie tras ellos vi que paraban en una calle en cuesta con plantaciones a los dos lados de la calle. Los camiones estaban vacíos. 

Los trabajadores ya se habían bajados de ellos. Llegué a su altura cuando se disponían a entrar en la primera plantación que iban a recoger. Me presenté y les dije lo que quería hacer. Si me daban permiso para acompañarles y fotografiarles mientras trabajaban. Sí, por supuesto, me dijeron. 

Eran seis los que cargaban las “piñas” de plátanos más dos personas que las cortaban de la planta con la “podona”. Lo primero que me llamó la atención fue la rapidez con la que trabajaban. ¿Por qué? Pregunté. Porque tenemos que recoger todas las “piñas” que estén bien antes que llegue la lava. Pero esto no es zona de exclusión, les dije. Ya pero a lo mejor mañana sí, me dijeron. 

Lo segundo, fue la dureza del trabajo. Las “piñas” pueden pesar entre 50 y 100 kilos cada una y las tienen que cargar al hombro desde la planta hasta el camión, y eso, pueden ser más de cien metros. ¿Cuántas cargas en una jornada?, le pregunté a uno. Muchas, más de cien, me dijo. 

Cada vez que cortaban una “piña” caía una cantidad ingente de ceniza del volcán. Daba igual que la plantación tuviera techo de invernadero o no. Caía sobre las cabezas y los cuerpos de los trabajadores. Alguno se había tapado con sudadera y capucha, otros con gorras, pero había tres que no llevaban más que una mascarilla quirúrgica. 

Les seguí, documenté todo el proceso de carga de los racimos de plátanos, desde la planta, curvada por el “podonero” para que aposente el racimo en el hombro del trabajador, hasta la carga en el camión. Tras recoger en varias plantaciones, llegamos a una que tenía una luz diferente. 

Decidí centrarme en esos tres trabajadores, Yulian, Carlos y Frank. Aposté por esperarles en un punto específico y seguirles hasta el camión. El objetivo Tamron 24-70 abierto al máximo de apertura, f2.8 y a 50 mm. La cámara a iso 50 y a la velocidad necesaria para no congelar la acción pero lo suficientemente rápida para que no trepide. El trabajo terminó por ese día. 

Ellos ya no cargaron más “piñas”. Yo seguí fotografiándoles mientras descansaban y bromeaban con la futura fama de Yulián. Éste se reía sin entender por qué yo le había hecho más fotos que a sus compañeros. Nos despedimos y les di las gracias por dejarme participar de su trabajo. Ellos me dieron las gracias por “sacar lo que ocurre de verdad en la isla”. 

Me fui a mandar el reportaje. Lo edité y lo subí a la línea de la agencia. Recibí la felicitación de los editores y de la coordinadora. Un compañero fotógrafo que estaba editando en el mismo bar que yo vio el reportaje y también me felicitó.

Varias personas que estaban comiendo en el restaurante se acercaron a mi mesa para ver las fotografías del reportaje, alguien de su mesa les había dicho que tenían que ver esas fotos. Me agradecieron que contara esa dura realidad que hasta ese momento las televisiones no estaban contando. 

Yo seguí trabajando. Los días siguientes los dedique a mostrar los cambios en el volcán y cómo afectaba la ceniza en las comunicaciones y la vida de los habitantes de La Palma. A los días, empecé a recibir llamadas de amigos y conocidos preguntándome por la “fotografía del platanero”. 

Unos, me decían que se estaba viralizando y que nadie ponía el crédito del fotógrafo, otros, que felicidades por la gran fotografía obtenida. Yo no había publicado ese reportaje en mis redes sociales. Se empezó a compartir a raíz de una fotografía de la portada del Diario de Burgos donde fue publicada e imagino, también, a partir de las redes sociales de Europa Press.

A partir de ese momento, fue todo muy rápido. Líderes de opinión hablando de la fotografía y lo que representaba. Publicaciones en grandes medios contando la intrahistoria de la foto. Entrevistas en televisiones y radios al protagonista de la foto, Yulian. Con el paso del tiempo, solo puedo pensar en los comentarios jocosos de los compañeros de jornal de Yulian. ¡Te va a hacer famoso!. 


Kike Rincón es de Madrid y aunque actualmente reside en Barcelona vive a galope entre las dos ciudades. Empezó a trabajar como fotoperiodista hace 14 años, es freelance y colabora con agencias como Europa Press y diferentes medios de comunicación (El País, El Salto, La Marea…). Ha formado parte del grupo territorios de Archivo Covid y también ha participado en la producción independiente de “Héroes Olvidados”, un documental que recoge testimonios de trabajadores sanitarios sobre lo sufrido durante la Crisis del Covid-19 en España.