Con 80 años no debería sorprender que alguien decida dejar su trabajo y descansar. Pero hablamos de Sebastião Salgado, uno de los fotógrafos en activo más reconocidos del mundo. Así que la noticia -que él mismo deja caer en una interesante entrevista publicada recientemente en The Guardian– es en cierto modo el fin de una era para la fotografía documental. Décadas de oficio, más de 130 países recorridos en reportajes para encargos o proyectos propios y un archivo de medio millón de fotografías.

“Sé que no viviré muchos años más”, reconoce Salgado cuyo estado de salud, no obstante, es bueno. Más teniendo en cuenta la edad y la intensa vida que le ha llevado por numerables conflictos y algunos de los rincones más complejos y oscuros del planeta. “Ya he vivido mucho, y he visto muchas cosas”, explica en la citada entrevista.

Salgado-Lélia Wanick
Sebastião Salgado y Lélia Wanick en una foto de promoción de su exposición Amazônia.

Su jubilación se limita, eso sí, al trabajo de campo porque se seguirá encargando de la gestión de este enorme archivo así como de las diferentes exposiciones con el mundo. Todo ello, por supuesto, junto a Lélia Wanick que durante todos estos años ha jugado un papel fundamental en la carrera del fotógrafo y su éxito, tal y como él mismo y muchos expertos señalan.

Directora de la agencia Amazonas Images, autora de diversos libros y productora, definir a Wanick como la mujer de Salgado no parece hacer justicia a su trabajo. Curiosamente, según relata en el artículo de The Guardian, fue ella quien le dejó su cámara. Se conocían desde los 19, tenían ya 29 y se habían mudado a París huyendo de la dictadura militar en Brasil.

«Esteta de la miseria»

Con alguna que otra polémica reciente sobre los años de vida que le quedan a la fotografía o si los móviles puedes ser considerados herramientas fotográficas, en realidad a Salgado la crítica que realmente le duele es una que le ha perseguido durante años y que, como él mismo recuerda, ha hecho que algunos le llamaran un «esteta de la miseria».

En 2016 tuvimos ocasión de entrevistar a Salgado en una de sus visitas a España.

Su particular estilo -ese blanco y negro, esa luz, ese contraste- parecen dar cierta belleza a escenas donde no se espera ninguna concesión a lo estético. «¿Por qué el mundo pobre tiene que ser más feo que el rico? La luz es la misma, la dignidad también», reivindica.

«El problema lo tienen los críticos, es su sentido de culpabilidad. Yo vengo del tercer mundo. Nací en Brasil cuando era un país en vías de desarrollo. Las fotos que disparo las hago desde mi lado, desde mi mundo, de donde vengo», continúa en una de las partes más interesantes de la entrevista.

Testigo del horror durante muchos años, él mismo ha explicado muchas veces -también nos lo contó en una entrevista que le pudimos hacer allá por 2016 en Quesabesde- que acabó enfermo. Y que su cura para volver a creer en la humanidad fue, además de la fotografía y otros proyectos, Instituto Terra, la organización ecologista que trabaja en la reforestación de algunas zonas de Brasil.

2 COMENTARIOS

  1. «Esteta de la Fotografía». Me parece una definición burda y soberbia de los fotocríticos de salón que, seguramente, no sabrán ni colocar un carrete en una cámara de 35mm. Salgado ha mostrado a la gente miserias y realidades de estos mundos desconocidos para la mayoría, antes de que las redes sociales aparecieran. Y lo ha reflejado como otros lo hacen en otros campos de la fotografía: con la calidad y el estilo que se supone que tiene que tener una buena imagen. No por ello está dulcificando la miseria, la está mostrando con toda la garra que da ese procesado en sus imágenes. No coloca filtros de belleza, no suaviza, no retoca; nos enseña la realidad con toda su cruda textura. Quizá con unas fotos de mierda, con perdón, estos críticos no se sentirían ofendidos.

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